Knock (en español)

Existe una dulce y pequeña historia de terror de tan solo dos oraciones:

"El último hombre en la Tierra se sentó a solas en una habitación. Alguien tocó la puerta...".

Dos oraciones y tres puntos suspensivos. El terror, por supuesto, no está en ninguna de las dos oraciones; está en la elipsis, en lo que implica: ¿qué tocó la puerta? La mente humana, al enfrentarse a lo desconocido, nos provee de algo vagamente horrible.

Pero no era horrible en realidad.

El último hombre en la Tierra - o, más aún, en el universo - se sentó a solas en una habitación. Era una habitación bastante peculiar. Él apenas había acabado de notar cuán peculiar era y había estado estudiando la razón de su peculiaridad. Sus conclusiones no lo horrorizaron, pero sí le molestaban.

Walter Phelan, quien había sido profesor adjunto de antropología en la Universidad de Nathan hasta hacía dos días atrás, momento en que la Universidad de Nathan había dejado de existir, no era un hombre que se horrorizara fácilmente. No es que Walter Phelan fuese de ninguna manera una figura heróica. Él era corto de estatura y blando de temperamento. No había mucho que ver en él, y él lo sabía.

No es como que ya su apariencia le preocupara. Ahora mismo, de hecho, no le quedaba mucho que sentir. Más o menos, él sabía que hacía dos días, en el lapso de una hora, la raza humana había sido destruida, a excepción de él y, en algún lugar, una mujer - una sola mujer. Y ese era un hecho que no le preocupaba a Walter Phelan en lo más mínimo. Probablemente jamás la vería y no le importaba mucho si no lo hacía.

Las mujeres no habían sido un factor en la vida de Walter desde que Martha había muerto hacía un año y medio. No es que Martha no hubiera sido una buena esposa - no obstante, sí un poco mandona. Sí, él había amado a Martha, de una profunda, silenciosa manera. Él tenía tan solo cuarenta ahora, y tan solo treinta y ocho cuando Martha había muerto, pero - bueno - él simplemente no había pensado en mujeres desde entonces. Su vida había estado en sus libros. Los que había leído y los que había escrito. Ahora no tenía sentido alguno escribir libros, pero tenía el resto de su vida para pasarla leyéndolos.

Cierto, tener compañía sería agradable, pero se las arreglaría sin ella. Tal vez después de un tiempo, podría disfrutar de la compañía ocasional de alguno de los Zan, aunque eso era algo difícil de imaginar. Su forma de pensar era tan extraña para él que no parecía haber terreno alguno en común como para hablar, aunque inteligentes eran, en algún sentido.

Una hormiga es inteligente, en algún sentido, pero ningún hombre jamás ha establecido comunicación con una hormiga. Él pensaba en los Zan, de algún modo, como súper-hormigas, aunque no se veían como hormigas, y tenía la corazonada de que los Zan consideraban a la raza humana como la raza humana consideraba a las hormigas ordinarias. Ciertamente lo que le habían hecho a la Tierra había sido lo que los hombres le habían hecho a los hormigueros - y hecho mucho más eficientemente.

Pero le habían dado libros en abundancia. Habían sido buenos en cuánto a eso, tan pronto como él les dijo lo que quería, y se los dijo en el momento en que se había dado cuenta de que estaba destinado a pasar el resto de su vida solo en esa habitación. El resto de su vida, o como los Zan lo habían expresado tan pintorescamente, "por si-empre". Incluso una mente brillante - y los Zan tenían obviamente mentes brillantes - tenían su idiosincracia. Los Zan habían aprendido a hablar Español Terrestre en cuestión de horas pero insistían en separar sílabas. Pero nos vamos del tema.

Alguien tocó la puerta.

Ya tienes todo, excepto los tres puntos, la elipsis, y yo voy a encargarme de contarte el resto y mostrarte que no era para nada horrible.

Walter Plehan exclamó, "Pasa", y la puerta se abrió. Era, por supuesto, solo un Zan. Se veía exactamente como cualquier otro Zan. Si es que existía manera alguna de distinguir uno de otro, Walter no la había encontrado. Era de poco más de un metro de altura y se parecía a nada en la Tierra - nada, digo, de lo que había estado en la Tierra antes de que los Zan llegaran.

Walter dijo: "Hola, George". Cuando se dio cuenta de que ninguno de ellos tenía nombre decidió llamarlos a todos George, y a los Zan no parecía importarles.

Este dijo, "Ho-la, Wal-ter". Eso era un ritual; tocar la puerta seguido de los saludos. Walter esperó. "Pri-mer pun-to" - dijo el Zan -, "te sen-ta-rás a par-tir de a-ho-ra con tu si-lla mi-ran-do en la di-rec-ción o-pues-ta, por fa-vor".

Walter dijo: "Eso creí, George. Esa pared lisa es transparente del otro lado, ¿no es así?".

"Es trans-pa-ren-te".

"Justo lo que pensé. Estoy en un zoológico, ¿cierto?"

"Es cor-rec-to".

Walter suspiró. "Lo sabía. Esa pared lisa y vacía, sin un solo mueble contra ella. Y hecha de algo distinto a las otras paredes. Si insisto en sentarme de espaldas a ella, ¿qué pasará? ¿Van a matarme? – pregunto, con suerte".

"Nos lle-va-re-mos tus li-bros".

"Me atrapaste ahí, George. De acuerdo, voltearé la silla cuando me siente a leer. ¿Cuántos otros animales a parte de mí hay en este zoológico suyo?".

"Dos-scien-tos die-ci-séis".

Walter sacudió su cabeza. "Incompleto, George. Incluso un zoológico amateur podría hacer algo mejor - podría, digo, si quedase algún zoológico amateur. ¿Acaso solo los tomaron al azar?".

"E-jem-pla-res al a-zar. Sí. To-das las es-pe-cies ha-brí-an si-do de-ma-sia-das. Un ma-cho y u-na hem-bra de ca-da u-na en cien-to o-cho es-pe-cies".

"¿Con qué los alimentan? A los carnívoros, me refiero".

"Ha-ce-mos co-mi-da sin-té-ti-ca".

"Listos" - dijo Walter. "¿Y la flora? ¿Tienen una colección de eso también?"

"La flo-ra no fue da-ña-da por las vi-bra-cio-nes. Si-gue cre-cien-do".

"Bien por la flora" - dijo Walter. "No fueron tan duros con ella, pues, como lo fueron con la fauna. Bien, George. Empezaste con el 'primer punto'. Deduzco que hay un segundo punto por ahí. ¿Qué sería?".

"Al-go que no en-ten-de-mos. Dos de los o-tros a-ni-ma-les duer-men y no des-pier-tan. Es-tán frí-os".

"Pasa en los zoológicos mejor regulados, George" - dijo Walter Phelan.

"Probablemente no tienen nada malo excepto que están muertos".

"¿Muer-tos? E-so sig-ni-fi-ca de-te-ni-dos. Pe-ro na-da los de-tu-vo. Ca-da u-no es-ta-ba so-lo".

Walter miró fijamente al Zan. "¿Dices, George, que no sabes lo que es la muerte natural?".

"Muer-te es cuan-do un ser es a-se-si-na-do. Su vi-da se de-tie-ne".

Walter Phelan parpadeó. "¿Qué edad tienes, George?" - preguntó.

"Die-ci-séis y u-na pa-la-bra que no en-ten-de-rí-as. Tu pla-ne-ta dio la vuel-ta a tu sol u-nas sie-te mil ve-ces. Si-go sien-do jo-ven".

Walter silbó suavemente. "Un recién nacido" - dijo. Pensó con fuerza un momento. "Mira, George" - dijo -, "hay algo que debes aprender acerca de este planeta en el que estás. Hay un tipo aquí que no se le ve por el lugar del que vienes. Un anciano de barba y una guadaña y un reloj de arena. Sus vibraciones no lo mataron".

"¿Qué es él?".

"Lo llaman la Parca, George. La Anciana Muerte. Nuestra gente y los animales viven hasta que alguien - La Muerte - detiene su reloj".

"¿Él de-tu-vo a las dos cri-a-tu-ras? ¿De-ten-drá más?".

Walter abrió su boca para responder, y luego la volvió a cerrar.

Algo en la voz del Zan indicaba que habría un gesto de preocupación en su rostro, si es que tenía algo como una cara reconocible.

"¿Qué te parece si me llevas a estos animales que no despiertan?" - preguntó Walter. "¿Está eso contra las reglas?".

"Ven" - dijo el Zan.

Esa fue la tarde del segundo día. A la mañana siguiente, los Zan volvieron. Varios de ellos. Empezaron a sacar los muebles y libros de Walter Phelan. Cuando acabaron con eso, lo sacaron a él. Se encontró en una habitación mucho más grande, a cientos de metros.

Se sentó y esperó y esta vez, también, cuando tocaron a la puerta él sabía lo que iba a venir así que educadamente se puso de pie. Un Zan abrió la puerta y se hizo a un lado. Una mujer entró.

Walter se inclinó un poco. "Walter Phelan" - dijo -, "en caso de que George no te haya dicho mi nombre. George intenta ser educado, pero no conoce todas nuestras costumbres".

La mujer parecía calmada; a él le agradó notar eso. Ella dijo, "Mi nombre es Grace Evans, Sr. Phelan. ¿De qué se trata todo esto? ¿Por qué me trajeron aquí?".

Walter la estudiaba mientras ella hablaba. Ella era alta, tan alta como él, y bien proporcionada. Parecía rondar los treinta, cerca de la edad que Martha había tenido. Ella tenía la misma confianza calma que a él siempre le gustó de Martha, aunque eso contrastara con su propia informalidad relajada. De hecho, él pensó que se parecía bastante a Martha.

“Creo que ya sé por qué te trajeron aquí, pero vayamos un poco hacia atrás” - dijo él - “¿Sabes lo que ocurrió en general?”.

“¿Se refiere a que... mataron a todos?”.

“Sí. Siéntate, por favor. ¿Sabes cómo lo lograron?”. Ella se acomodó en una silla cercana. “No” - dijo - “No tengo idea de cómo, pero no es como que importe, ¿verdad?”.

“No mucho, pero esta es la historia; lo que sé de hacer hablar a uno de ellos, y de unir las piezas. No hay un gran número de ellos – aquí, al menos. No sé qué tan numerosa sea su raza en el lugar de donde vienen y no sé dónde queda eso, pero creo que está fuera del Sistema Solar. ¿Has visto la nave en la que vinieron?”.

“Sí, es tan grande como una montaña”.

“Casi. Bueno, tiene un equipo para emitir algún tipo de vibración – ellos la llaman así, en nuestro idioma, pero creo que es más bien una onda de radio que una vibración – que destruye la vida animal. Ella – la nave misma, digo – está protegida de las vibraciones. No sé si su alcance es lo suficientemente grande como para acabar con el planeta entero de una sola vez, o si volaron en círculos alrededor de la Tierra, enviando las ondas vibratorias. Pero mató todo y a todos instantáneamente y, espero, sin dolor. La única razón por la que nosotros, y los otros doscientos-y-algo animales del zoológico, no fuimos asesinados, es porque estábamos dentro de la nave. Fuimos capturados como especímenes. Sabes que esto es un zoológico, ¿verdad?”.

“L-lo sospeché”.

“Las paredes frontales son transparentes desde afuera. Los Zan fueron bastante astutos al preparar cada cubículo para simular el hábitat natural de la criatura que contiene. Estos cubículos, como en el que estamos ahora, están hechos de plástico, y tienen una máquina capaz de crear uno en unos 10 minutos. Si la Tierra hubiese tenido una máquina así, no hubiese habido escasez alguna de viviendas. Bueno, no hay escasez alguna de viviendas ahora, de todas formas. Y creo que la raza humana – específicamente tú y yo – podemos dejar de preocuparnos por la bomba atómica, o la siguiente guerra. Ciertamente los Zan resolvieron muchos problemas por nosotros”.

Grace Evans sonrió ligeramente. “Otro caso en el que la operación fue un éxito, pero el paciente falleció. Las cosas eran un completo desastre. ¿Recuerda haber sido capturado? Yo no. Me fui a dormir una noche y desperté en una jaula en la nave”.

“No lo recuerdo tampoco” - dijo Walter. “Mi sospecha es que usaron las ondas vibratorias con baja intensidad primero. Solo lo suficiente como para noquearnos a todos. Luego recorrieron, mientras tomaban especímenes más o menos al azar para su zoológico. Tras conseguir tantos como querían, o tantos como entraran en el espacio que tenían en la nave, le dieron al máximo. Y eso fue todo. No fue si no hasta ayer que se dieron cuenta de que cometieron un error y nos subestimaron. Creyeron que somos inmortales, como ellos”.

“¿Que somos… qué?”.

“Ellos pueden ser asesinados, pero no saben lo que es la muerte natural. No lo sabían, al menos, hasta ayer. Dos de nosotros murieron ayer”.

“Dos de… ¡Oh!”.

“Sí, dos de los animales en su zoológico. Uno era una serpiente y el otro un pato. Dos especies desaparecidas irreversiblemente. Y con la manera que tienen los Zan de ver el tiempo, las especies restantes solo vivirán unos minutos más. Ellos creyeron que tendrían especímenes permanentes”.

“¿Quiere decir que no se habían dado cuenta de las cortas vidas que tenemos?”.

“Correcto” - dijo Walter -, “Uno de ellos es joven con siete mil años, me dijo. Son bisexuales en sí mismos, por cierto, aunque probablemente se reproducen una vez cada diez mil años, o cerca de eso. Cuando ayer se dieron cuenta de la expectativa de vida tan ridículamente corta que tenemos los animales terrestres, seguramente se les congeló hasta el corazón – si es que tienen uno. De cualquier forma, decidieron reordenar su zoológico – dos y dos, en lugar de uno y uno. Se dieron cuenta de que viviríamos más tiempo en grupo, que solos”.

“¡Oh!” - Grace Evans se puso de pie y su rostro estaba algo sonrojado. "Si usted piensa que - si ellos piensan que...". Ella volteó hacia la puerta.

"Estará bloqueada" – dijo calmadamente Walter Phelan. "Pero no te preocupes. Tal vez ellos piensan que, pero yo no pienso que. No necesitas decirme que no me tendrías ni siendo el último hombre en la Tierra; sería cursi bajo estas circunstancias".

"¿Pero van a mantenernos encerrados juntos en esta pequeña habitación?".

"No es tan pequeña; nos las arreglaremos. Puedo dormir bastante cómodo en una de estas sillas con exceso de relleno. Y no creo no estar de acuerdo contigo a la perfección, querida. Haciendo a un lado todas las consideraciones personales, el mínimo favor que podemos hacerle a la raza humana es permitirle terminar con nosotros y no ser perpetuada para su exhibición en un zoológico".

Ella dijo "Gracias", casi inaudiblemente, y el rubor se esfumó de sus mejillas. Había ira en sus ojos, pero Walter sabía que no era ira hacia él. Con sus ojos brillando así, se parecía mucho a Martha, pensó él.

Él le sonrió y y dijo, "A menos que...".

Ella se preparó para levantarse de la silla y, por un instante, él pensó que iba a venir a darle una cachetada. Luego se hundió nuevamente en la silla, cansada. "Si fueras un hombre, estarías pensando en una forma de - ¿Dijiste que podían ser asesinados?". Su voz era amarga.

"¿Los Zan? Oh, ciertamente. Los he estado estudiando. Se ven horriblemente distintos a nosotros, pero creo que tienen más o menos el mismo metabolismo que nosotros, el mismo tipo de sistema circulatorio, y probablemente el mismo tipo de sistema digestivo. Creo que cualquier cosa que mataría a uno de nosotros, podría matar a uno de ellos".

"Pero usted dijo -"

"Oh, hay diferencias, por supuesto. Cualquiera sea el factor que hace envejecer al hombre, ellos no lo tienen. O tienen una glándula que el hombre no tiene, algo que renueve las células".

Ella había olvidado su ira ahora. Se inclinó hacia adelante con entusiasmo y dijo, "Creo que es correcto. Y creo que no pueden sentir dolor".

"Esperaba que sí. Pero, ¿qué te hace pensar eso, querida?".

"Metí un trozo de alambre que encontré en el escritorio de mi cubículo cruzando la puerta para que mi Zan se tropezara con él. Lo hizo, y el alambre cortó su pierna".

"¿Sangró color rojo?".

"Sí, pero no pareció molestarle. No se enojó por eso; ni siquiera lo mencionó. Cuando volvió la siguiente vez, unas horas más tarde, la herida se había ido. Bueno, casi ido. Podía ver suficiente rastro de ella como para estar segura de que era el mismo Zan".

Walter Phelan asintió lentamente.

"No podría haberse enojado, por supuesto" - dijo, - "No tienen emociones. Tal vez, si matáramos a uno, ni siquiera nos castigarían. Pero no haría ningún bien. Solo nos darían comida a través de una trampilla y nos tratarían como a un animal de zoológico que mató a un cuidador. Solo se asegurarían de que no pudiera hacer nada contra los otros cuidadores".

"¿Cuántos de ellos hay?" preguntó ella.

"Cerca de doscientos, creo, en esta nave en particular. Pero sin duda alguna hay muchos más de donde vinieron estos. Tengo una corazonada de que esta es una unidad de vanguardia, enviada para limpiar el planeta y hacerlo seguro para la ocupación de los Zan".

"Hicieron un buen - ".

Tocaron la puerta, y Walter Phelan exclamó "Pasa".

Un Zan se paró en la entrada.

"Hola, George", dijo Walter.

"Ho-la, Wal-ter", dijo el Zan.

Puede que sea o no el mismo Zan, pero el ritual era siempre el mismo.

"¿Qué estás pensando?", preguntó Walter.

"O-tra cri-a-tu-ra duer-me y no des-pier-ta. U-na pe-que-ña cri-a-tu-ra pe-lu-da lla-ma-da co-ma-dre-ja".

Walter se encogió de hombros.

"Cosas que pasan, George. La Anciana Muerte. Te hablé de él".

"Y pe-or. Un Zan ha muer-to. Es-ta ma-ña-na".

"¿Eso es peor?", Walter lo miró sin gracia. "Bueno, George, tendrán que acostumbrarse a eso, si van a quedarse por aquí".

El Zan no dijo nada. Solo se quedó ahí.

Finalmente, Walter dijo "¿Y bien?".

"So-bre co-ma-dre-ja. ¿A-con-se-jas i-gual?".

Walter se encogió de hombros de nuevo. "Probablemente no servirá de nada. Pero seguro, ¿por qué no?".

El Zan se fue.

Walter pudo oir sus pisadas perderse en el exterior. Él sonrió. "Puede que funcione, Martha", dijo.

"Mar... Mi nombre es Grace, Sr. Phelan. ¿Qué puede que funcione?", dijo.

"Mi nombre es Walter, Grace. Puede que tú también te acostumbres a eso. Sabes, Grace, me recuerdas mucho a Martha. Ella era mi esposa. Murió hace un par de años".

"Lo siento" - dijo Grace, - "pero, ¿qué puede que funcione? ¿De qué hablaba con el Zan?".

"Lo sabremos mañana", dijo Walter. Y ella no pudo sacarle otra palabra.

Ese fue el tercer día de la estadía de los Zan.

El siguiente fue el último.

Era cerca del mediodía cuando uno de los Zan vino. Luego del ritual, se paró en la entrada, luciendo más extraterrestre que nunca. Sería interesante describirlo para ustedes, pero no existen palabras.

Dijo: "Nos va-mos. Nues-tro con-se-jo se reu-nió y de-ci-dió".

"¿Otro de ustedes ha muerto?".

"A-no-che. Es-te es el pla-ne-ta de la muer-te".

Walter asintió. "Ustedes hicieron su parte. Se van dejando vivas a doscientas trece criaturas, de unos cuántos billones. No vuelvan pronto".

"¿Hay al-go que po-da-mos ha-cer?".

"Sí. Pueden apresurarse. Y pueden dejar nuestra puerta sin seguro, pero no las otras. Nosotros nos encargaremos de los demás".

Algo hizo un clic en la puerta; el Zan se fue.

Grace Evans estaba de pie. Sus ojos brillaban.

Preguntó "¿Qué...? ¿Cómo...?".

"Espera," - advirtió Walter. "Oigamos cómo despegan. Es un sonido que quiero recordar".

El sonido llegó tras minutos y, Walter Phelan, dándose cuenta de cuán rígidamente se había estado conteniendo, se relajó en su silla.

"También había una serpiente en el Jardín del Edén, Grace, y nos metió en problemas" - dijo mientras pensaba, - "Pero esta lo compensó. Digo, la pareja de la serpiente que murió anteayer. Era una serpiente de cascabel".

"¿O sea que mató a los dos Zan que murieron? Pero...".

Walter asintió. "Ellos eran como bebés perdidos en un bosque estando aquí. Cuando me llevaron a ver a las primeras criaturas que 'dormían y no despertaban' y vi que una de ellas era una cascabel, tuve una idea, Grace. Solo tal vez, pensé, las criaturas venenosas podrían ser un desarrollo peculiar en la Tierra y los Zan no sabrían de ellas. Y, también, tal vez su metabolismo era suficientemente parecido al nuestro como para que el veneno los matara. De todas formas, no tenía nada que perder si lo intentaba. Y ambos 'tal vez' resultaron ser verdad".

"¿Cómo hiciste que la serpiente...?".

Walter Phelan sonrió. Dijo: "Les dije lo que era el afecto. No sabían. Estaban interesados, me di cuenta, en preservar a cada uno de las especies restantes por el mayor tiempo posible, para estudiar la imagen y registrarla antes de que muriera. Les dije que moriría inmediatamente a causa de la pérdida de su pareja, a menos que recibiera afecto y mimos - constantemente. Les mostré cómo con un pato. Por suerte era uno manso, y lo sostuve contra mi pecho y lo acaricié un rato para mostrarles. Luego dejé que ellos lo acariciaran - y también a la cascabel".

Él se puso de pie y se estiró, y luego se volvió a sentar pero más confortablemente.

"Bueno, tenemos un mundo que planear", dijo él. "Tendremos que sacar a los animales del arca, y eso nos tomará algo de tiempo para pensar y decidir. Los hervíboros salvajes podemos dejarlos ir ahora mismo. Los domésticos, será mejor que nos los quedemos y nos hagamos cargo de ellos; los necesitaremos. Pero los carnívoros... Bueno, habrá que decidir. Pero me temo que tendrá que ser un no".

Él miró hacia ella. "Y la raza humana. Tenemos que tomar una decisión sobre eso. Una muy importante".

Su cara se ponía algo rosada de nuevo, al igual que ayer; se sentó rígidamente en la silla.

"¡No!", dijo ella.

Él no pareció escucharla. "Fue una buena carrera, incluso si nadie la ganó", dijo. "Estará empezando toda de nuevo, y podría ir marcha atrás por ahora hasta que agarre ritmo, pero podemos recolectar libros para mantener la mayoría del conocimiento intacto, las cosas importantes, claro. Podemos...".

Él se frenó al ella levantarse y dirigirse hacia la puerta. Justo como habría actuado su Martha, pensó, en aquellos días cuando la estaba cortejando, antes de casarse.

Él dijo: "Piénsalo bien, querida, y tómate tu tiempo. Pero regresa".

La puerta se cerró de un golpe. Él se sentó a esperar, pensando en todas las cosas que había que hacer, una vez que empezara, pero no había prisa por empezar; y luego de un rato, pudo escuchar sus titubeantes pisadas volver.

Él sonrió un poco. ¿Lo ven? No era horrible en realidad.

El último hombre en la Tierra se sentó a solas en una habitación. Alguien tocó a la puerta...


Escrito originalmente por Fredric Brown.

Traducción al español por http://loqueven.ga.

Más información, links de descarga y links a la versión en inglés aquí.

Espero haya sido de su agrado. :)